Mochomán, el paralímpico que diseñó una bicicleta para llegar a Tokio

Juan José Florián, o ‘Mochomán’, como le gusta que le digan, tiene el sueño de competir en los Juegos Paralímpicos de Tokio, en 2020. Ya había tenido acercamientos al deporte con la natación, pero encontró en el ciclismo su medio para salir adelante. Pero para ello, él mismo ha tenido que ir diseñando, paso a paso, tocando puertas y con la ayuda de mucha gente, la bicicleta que se adapte a sus condiciones físicas.

El 12 de julio de 2011, Florián, quien fue soldado profesional y hoy tiene 35 años, perdió las dos manos, la pierna derecha y la visión del ojo derecho. Las Farc dejaron frente a la casa de su mamá un paquete explosivo, luego de que ella se negó a pagar una ‘vacuna’. Duró 12 días en estado de coma inducido y al comienzo cayó en un estado de depresión, que, en su momento, superó con la práctica de la natación.

Estuvo retirado un tiempo del deporte. Estudió psicología, pero se dio cuenta de que le hacía falta la competencia y empezó a averiguar por otras disciplinas. Ahí encontró que en el ciclismo podía haber opciones. Averiguó en qué categoría podía competir y encontró que entraba en la C1, en la que están los que solo pueden pedalear con una pierna o con dos prótesis. También averiguó cuánta competencia tenía: 17 en el mundo, 5 a nivel panamericano y ninguno en Colombia. Ahí se ‘lanzó al agua’. O mejor, a las carreteras.

‘Mochomán’ empezó a buscar quién le podía adaptar una bicicleta y empezó a visitar tiendas de ortopedia. “No encontraba quién lo hiciera. Me daban consejos, pero me decían que si yo había sobrevivido a una mina, cómo iba a arriesgar mi vida en una bicicleta, que cuántos ciclistas perdían la vida a diario. Por dentro decía: ‘Este man no me sirve’, y seguía buscando”, recordó.

Como no encontraba ayuda, el mismo comenzó a inventarse las adaptaciones. Primero consiguió un ornamentador, al que le pidió que le soldara un pedazo de lámina y encima, un pedazo de varilla para poner ahí los muñones. “Yo tenía un carpajín con el que patrullé toda la vida en el Ejército. Más de una vez me lo quisieron botar, lo veían como un estorbo. Pues de ese carpajín sacamos los pedazos para forrar el manubrio”, dijo.

El experimento funcionó para que pudiera comenzar a pedalear, pero los brazos se salían cuando cogía algún hueco o algún desnivel. Ahí apareció Pedro Fonseca, quien le ayudó a diseñar el manubrio adecuado, tomando como modelo uno que utilizaba un ciclista español, Ricardo Ten, a quien contactó y le envió fotos.mochoman

“Él nunca había hecho unas prótesis de ese tipo, pero me contó que una vez le hizo una mano a un caballo. Y que si había hecho caminar al caballo, entonces me iba a poner a mí a montar en bicicleta”, señaló.

Frenos y cambios a su medida

El tema del manubrio estaba resuelto. Ahora venía otro problema, los frenos: “Me conseguí dos muchachos en el Siete de Agosto, que tenían un taller. Empezamos a buscar cómo podíamos adaptar el freno. Encontramos un ciclista en España, también amputado de los dos brazos, que tenía un sistema en el que frenaba con la pierna. Entonces nos conseguimos un freno de doble guaya, le hacíamos mecánica y nos íbamos alrededor de la biblioteca Virgilio Barco a ensayar a ver si funcionaba”.

Tras resolver el tema de la frenada, ahora venía el de los cambios. “Nos conseguimos unos cambios electrónicos y empezamos a ver cómo los hacíamos. Cada vez que yo sacaba los brazos para hacer los cambios y mover los botones era difícil. Ahí me nació la idea de que yo podía hacerlo con la boca. Ellos veían que podía ser peligroso, pero me siguieron la cuerda. Con mi labio inferior hago el apoyo y con la lengua presiono. Ahí vi que el sueño que yo tenía comenzaba a coger color”, expresó.

Luego de todos los temas de ensayo y error para encontrar la mejor manera de pedalear y buscar su sueño, y de un viaje a Holanda para competir en la Copa del Mundo el año pasado, en la que le hicieron la clasificación funcional y ratificó que estaba en la categoría C1, Florián entendió que tenía que mejorar no solo el material con el que compite, sino también su estado físico.

A Holanda llegó con la ayuda de la Corporación Matamoros y de las Damas Protectoras del Soldado, que le ayudaron con recursos y viáticos, pero terminó viajando solo. “La primera bicicleta fue una Flama, con marco en aluminio. Yo tenía la experiencia de la natación y en la piscina competía en siete pruebas, tenía siete opciones. En ciclismo solo hay una. La bicicleta influye mucho, debe tener un peso muy bajito. Me traje esa experiencia y empecé a ponerla en práctica, bajar todo de peso y entrenar mucho fondo”, puntualizó.

Al Mundial de 2017 no asistió porque no tenía ni la preparación ni la bicicleta. Ahí conoció a Mauricio Serrato, médico vinculado al Comité Olímpico Colombiano, que empezó a hacerle pruebas de esfuerzo. “El doctor Serrato me animó. Me dijo: ‘Creo que con usted podemos pelear una medalla’. Los vatios, el consumo de oxígeno, me daban esperanzas. Ahí me acabé de montar en el avión de mi sueño”, explicó.

El coronel Héctor Orjuela, del Hospital Militar, ayudó a que le donaran unos sockets en carbono para apoyar los brazos. “Le puse unos tornillos directos al manubrio, uno de acero para que me aguantara, pero el peso que le habíamos quitado con el carbono se lo aumentamos con el manubrio, además de que se veía superfeo, pero eso no interesaba”, recordó.

El problema lo solucionó gracias a los dueños de otro taller, Metal Bike, en el Siete de Agosto: “Ahí me hicieron un manubrio en aluminio y me adaptaron los ‘sockets’. Entonces, la posición en la bicicleta ahora es mucho mejor. Ahí empecé a hacer mucho fondo, mucha rotación, a aprender a manejar mejor los cambios”.

Coincidencia afortunada

La forma en que ‘Mochomán’ pudo cambiar su bicicleta por una más liviana fue gracias a una afortunada coincidencia. “Un día iba entrenando por carretera y me encontré con un señor. Nos pusimos a hablar y resultó ser un coronel retirado del Ejército, yo había trabajado con él cuando era mayor. Él me dijo que me iba a ayudar a tocar puertas. Me llevó con Giovanni Buitrago, el dueño de Bicitienda 127, y les conté lo que quería hacer. Él y su esposa reunieron a un grupo de clientes y amigos: don Giovanni me regaló el marco, cada uno dio un aporte y así pudimos mejorar la bicicleta”, puntualizó.

Florián también llegó a pedir ayuda a la Base Aérea de Madrid, que ahora tomó el sueño de ‘Mochomán’ como propio. En los talleres de la base le están ayudando a diseñar las piezas para que la bicicleta sea aún más liviana para la competencia: “La cicla sin modificaciones pesa unos ocho kilos. Hoy, ya con las adaptaciones, está
en 18 libras y la idea es que la podamos bajar a 14 o 15”.

El Club de San Marcos, un grupo de ciclistas recreativos, le está organizando una rodada para el próximo 25 de noviembre, en la que, con los fondos que recojan, aspiran a conseguir una segunda bicicleta, para que ‘Mochomán’ siga haciendo crecer su sueño paralímpico y se prepare también para competir en la prueba contrarreloj. “Lo de ‘Mochomán’ ha sido bonito. He roto ese paradigma de cómo tratarme. La gente cuando me ve dice ‘qué hago, le doy la mano’, pero ya como me ven en las carreteras y en las redes, pues me llaman ‘¡qué hubo, Mochomán!’ y listo”, señaló.

Florián aún está trabajando en algunas modificaciones: “Las palancas de los cambios nos quedaron muy bajitas: cuando agacho la cabeza para hacer el cambio pierdo visión, quedo viendo la rueda delantera, me agacho mucho. La idea es hacerlo en menos tiempo y sin perder de vista la carretera”.

El Proyecto 2020 está más que vivo. Sigue pensando en cómo bajarle de peso a la bicicleta y él mismo también lo está perdiendo para rendir mejor. Estaba en 67 kilos, ya bajó a 57 y la meta, para febrero de 2019, es llegar a 54 o 55.

‘Mochomán’ no se rinde. Como tampoco se rindió cuando aprendió a manejar un carro, a pesar de que casi no le dan el pase porque le exigían la huella digital: “A mí me amputaron los brazos a la altura del codo y se me están acabando los codos de tanto tocar puertas, pero no estoy solo”.

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