«Todo lo negativo que vivimos siempre nos trae algo positivo», dice Enhamed. En su caso no es la típica frase a modo de eslogan que suelta para quedar bien, es una lección que le ha enseñado la vida y que trata de transmitir a la gente.
De hecho, es normal escucharle decir: «Con ocho años gané la ceguera». Sí, emplea la palabra ganar, no habla de perder la vista y de todas las dificultades a las que tuvo que enfrentarse sino que prefiere centrarse en lo que ha vivido gracias a ella… Y ha sido mucho, más que la mayoría de las personas que ven: ha estado en tres Juegos Paralímpicos (nueve medallas), ha hecho el Ironman de Lanzarote y ha subido al Kilimanjaro, además de vivir en Boston y en San Francisco.
Para él no fue una sorpresa quedarse ciego. Sufría un glaucoma, como ya le había pasado a su hermano Deh antes de perder la vista, y cuando a los ocho años se apagó la luz de sus ojos, simplemente se adaptó. Sus padres se encargaron de que no fuese algo traumático. «Sé que lo pasaron mal, pero lo sé ahora, en su momento me transmitían tranquilidad absoluta y el mensaje de que me tenía que buscar la vida porque ésta seguía», explica. De su padre aprendió que no se consigue nada sin esfuerzo y que si das tu palabra hay que cumplirla; de su madre, que tenía que ser independiente porque no iba a estar siempre a su lado.
Se marchó a vivir a un internado de la ONCE en Madrid, en el que se apuntó a natación y descubrió su gran pasión. «Sentía libertad. Podía jugar, moverme, bucear… Era un juego», cuenta. Pero a partir de los 13 años, la piscina pasó a ser algo más. «Se convirtió en mi refugio», confiesa.
Porque a esa edad, empezó a pasarlo mal. «Hasta los 19, la ceguera era mi mayor obstáculo, pensaba que era injusto. Pero entre los 19 y los 21 cambié mi forma de entenderla y no me di cuenta hasta que volví de los Juegos de Pekín. Entonces un niño me preguntó si cambiaría mis medallas en esos Juegos (4 oros y dos récords del mundo) por volver a ver y me di cuenta de que la ceguera había dejdo de ser una excusa para convertirse en una razón para seguir hacia adelante», cuenta.
«Y también me di cuenta de que el éxito está en nuestra mente. Muchas veces no hacemos las cosas por miedo y hay que arriesgarse. A mí, por ejemplo, me asusta cruzar la calle porque no sé por dónde vienen los coches. Pero eso nos pasa a todos en la vida. ¿Me quedo esperando a que me ayude alguien o me arriesgo y cruzo? El verdadero reto es romper los límites que nos hemos marcado, en la vida y en el deporte», dice con convicción.
Y ese mensaje es el que transmite en las charlas que da, como la de esta semana organizada por ‘Lo que de verdad importa’, y el que se desprende del libro que acaba de publicar: Ironmind. Porque otra de sus máximas es que «hay que arriesgarse a marcar la diferencia» y él lleva años haciéndolo.
Leyenda de la natación ciego cuenta cómo la ceguera pasó de ser una excusa a ser una motivación
