Son las 12 del día e ingresa por la puerta Juan Carlos Garrido, pesista de 35 años, puntual para su entrenamiento. No viene solo. Dos compañeros de pesas le acompañan. Entre ellos, María Antonieta Ortiz, de 34 años, una de sus grandes amigas. Ambos vienen de adjudicarse el oro, en sus respectivas categorías, hasta 59 kilos él y hasta 67 ella, en la Copa del Mundo de Pesas Paralímpicas en Río de Janeiro. Una nueva conquista deportiva que agradeció sus respectivas cuentas corrientes y abrió ligeramente un espacio en las páginas de los periódicos. Dos semanas después ya han vuelto a la normalidad silenciosa de su día a día, basado en el entrenamiento, la vida familiar y el esparcimiento. Y ése es el que tratan de compartir durante una jornada con La Tercera.
Son una excepción. Según el registro del Comité Paralímpico, hoy en día existen más de cien deportistas que son seleccionados nacionales. De ellos tan sólo 12, de cinco disciplinas, viven exclusivamente del y para el deporte gracias a las becas PRODAR, los premios por victoria y los auspiciadores. Garrido y Ortiz son el caso. El resto debe complementar su entrenamiento con otras actividades que le generen ingresos para sobrevivir.
Juan Carlos saluda cariñoso a las personas de la recepción, quienes le sonríen y le recuerdan que debe avisar con anterioridad las entrevistas. Él sonríe y el pecado se le perdona. María Antonieta se muestra inicialmente más seria y distante, pero basta con un par de preguntas para soltarse y reír a carcajadas.
Tanto Garrido como Ortiz vienen de levantar 175 y 91 kgs, respectivamente, en Río de Janeiro, y de adjudicarse la medalla de oro en el levantamiento de pesas. Ahora se preparan para el Open Malasia que será entre el 24 y 28 de febrero. Para esto, ambos deportistas entrenan de lunes a sábado en dos horarios (de 12:00 a 14:00 horas y de 17:00 a 19:00) en las instalaciones del Centro de Alto Rendimiento (CAR).
El CAR está lleno de deportistas entrenando por todos lados. Gimnasia artística, rítmica, atletismo y pesas se dan encuentro en el mismo recinto. Los ruidos del metal de las pesas se mezclan con la dulzura de las melodías que acompañan a la gimnasia y sus elementos.
El gimnasio donde entrenan los pesistas es pequeño, pero tiene todo lo necesario para su trabajo. Bancas de entrenamiento, múltiples discos de diferentes colores y pesos, barras, cuerdas elásticas, entre otras cosas. Aquí el trabajo en equipo es imprescindible. Cuando Juan Carlos pone un disco por este lado, un compañero está poniendo otro con el mismo peso por el opuesto. El ambiente es distendido y agradable.
A pesar de que las horas de entrenamiento son inalterables, impuestas por las reglas de la beca otorgada a los deportistas de alto rendimiento, el PRODAR, las cuales establecen los horarios de actividad física, siempre hay tiempo para realizar otra actividad o pasar tiempo con los seres queridos.
Juan Carlos Garrido, de 35 años, disfruta mucho de la mueblería. Aunque no tiene tanto tiempo para realizarla, el fin de semana recién pasado le construyó una ventana a sus padres. Dice que más que por hobbie, llegó por necesidad a trabajar la madera. «Trabajé en ferias, constructoras, de soldador y en mueblería, para tener dinero. Pero trabajar con la madera es lo que más me gusta».
Como Garrido vive en el mismo recinto donde entrena, sus días no varían mucho. En las tardes está en su computador o sale a pasear y tomar un café a Starbucks. Aunque confiesa que gran parte del tiempo juega playstation con sus compañeros. «A veces estoy de las tres de la tarde hasta las cinco jugando, pero en días como éstos, en que se viene una competencia, sólo descanso», declara. En general, los días son similares unos a otros, pues vive exclusivamente para el deporte.
María Antonieta cuenta que disfruta cocinando. Aunque no tiene tiempo, lamenta. Tiene pareja y un hijo que le consume todo el que le sobra tras el entrenamiento: «Después de entrenar no puedo llegar a la casa y tirarme sobre la cama a descansar. Tengo que llegar a jugar, a pintar, a hacer de todo, pues mi hijo tiene mucha energía».
Ser mamá era el sueño de Ortiz. Fue por esta razón que dejó el tenis y le dio la bienvenida a las pesas. «Por el tenis viajaba mucho y no me gustaba, porque quería tiempo para ser mamá. En cambio, en las pesas se viaja unas cinco veces al año. Además se va por poco tiempo. En el tenis se iba por un mes y eso era demasiado para no ver a mi hijo», añade.
La Mona, como le dicen sus amigos, vive en Pedro Aguirre Cerda, y se traslada a diario al CAR. Por suerte, su auspiciador le evita el malestar de trasladarse en transporte público. «Todas las mañanas Bodega San Francisco me paga un móvil, quien me pasa a buscar y me trae, además de ayudarme con suplementos y otras cosas». Es así como Ortiz vive del deporte como un trabajo cualquiera.
La rutina de dos pesistas dorados paralímpicos
